«Dios Todopoderoso plantó primero un jardín; y, en verdad, es el más puro de los placeres humanos». —Francis Bacon, De los jardines (1625)

Hay días en los que entro a mi casa, miro alrededor y pienso que este lugar se siente muy diferente a como se sentía cuando nos mudamos. Y no es solo porque ahora hay más plantas. Se siente diferente porque está vivo.

Las plantas han ido ocupando rincones, repisas, ventanas y esquinas que antes estaban vacías, pero también han transformado algo más profundo: la manera en que habito mi hogar. Porque una casa llena de plantas no es solamente una casa decorada. Es un refugio verde y, como todo lo que está vivo, nunca se queda quieto.

Siempre hay una hoja nueva abriéndose, una planta que necesita un cambio de lugar, una hoja seca que quitar o un poco de polvo que limpiar. De vez en cuando también aparece alguna plaga sin invitación y toca prestarle atención. La vida se está moviendo constantemente.

Creo que por eso una casa con plantas se vuelve tan amañadora. Porque ellas terminan pidiéndonos algo que muchas veces olvidamos darnos a nosotros mismos: presencia. Mientras otras decoraciones simplemente están ahí, las plantas nos invitan a observar, cuidar y bajar el ritmo por un momento.

A mí me pasa con frecuencia. Llego con la cabeza llena de trabajo, pendientes, preocupaciones y todas esas cosas que la vida adulta va poniendo sobre la mesa. Luego me encuentro quitando hojas secas, limpiando el polvo de una hoja grande o revisando si alguna planta necesita agua y, sin darme cuenta, algo cambia. La mente se aquieta un poco.

Estoy aquí, con las manos entre hojas y materos, mirando algo vivo y respirando un poco más despacio. Por eso muchas veces siento que cuidar plantas se parece más a una terapia que a un pasatiempo. No porque resuelva los problemas, sino porque me regala pequeñas pausas: momentos en los que vuelvo al presente y recuerdo que no todo tiene que ir tan rápido.

Rincón interior del hogar de Cindy rodeado de plantas

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Con el tiempo también he entendido que construir este refugio no solo ha cambiado la apariencia de mi casa. Ha cambiado mi forma de estar en ella. Ahora observo más, disfruto los pequeños cambios y entiendo que un espacio no se transforma de una sola vez. Va tomando vida poco a poco, con cada planta que encuentra su lugar y con cada cuidado que se convierte en parte de la rutina.

Aunque, siendo sincera, las plantas no son las únicas que mantienen la casa en movimiento: yo siempre estoy cambiando las repisas y los muebles de lugar, reorganizando los rincones y buscando nuevas formas de acomodar todo. A veces un cambio empieza porque una planta necesita más luz y termina transformando por completo un espacio. Quizá por eso siento que este refugio crece conmigo: porque nunca está terminado y yo tampoco.

Repisas con plantas y recuerdos personales en la casa de Cindy

Últimamente, debido al fenómeno de El Niño, ha hecho mucho calor y el cuidado de las plantas se ha convertido aún más en algo que compartimos Alejandro y yo. Él me ayuda y se encarga de regar las plantas de afuera, mientras yo cuido las de adentro. A veces cada uno está con sus audífonos, pensando en sus cosas y sin hablar demasiado. Y, aun así, estamos juntos: cada uno en su pequeño mundo, pero cuidando el mismo hogar.

Puede sonar extraño, pero a veces se parece un poco a cuando jugamos Play. Cada uno tiene su tarea y está concentrado en lo suyo, pero existe un propósito compartido. En el juego queremos coronar la partida; aquí queremos cuidar la vida que hemos ido construyendo dentro y alrededor de la casa.

Me gusta pensar que las plantas también nos han enseñado eso: que un hogar no solo se habita, también se cultiva. Este refugio verde no se mantiene solo. Necesita tiempo, observación y pequeñas atenciones que, aunque parezcan insignificantes, hacen la diferencia.

Jardín exterior de la casa de Cindy lleno de plantas

Y luego te recompensa con hojas nuevas, con rincones que transmiten calma y con esa sensación difícil de explicar de entrar a casa y sentir que el espacio respira contigo.

Quizá por eso amo tanto vivir entre plantas. Porque este refugio verde no solo está creciendo hacia afuera: también está creciendo conmigo. Y, mientras yo cuido de él, siento que él también ha aprendido a cuidar de mí.

Ilustración de Madame Potes cuidando las plantas y reorganizando un rincón de su hogar

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